Si de anécdotas con el mundo político se trata, permítanme compartir una muy breve, intentando alcanzar el mismo objetivo que provocó otra historia que me contó un amigo: intentar dibujarles una escueta, pero sabrosa risa.
El año pasado mi familia me citó en un cine viñamarino a ver una película infantil. Por razones laborales llegué después que ellos ya habían entrado; y ya en boletería la cajera con cara de viernes nocturno me dijo seriamente que ya no quedaban entradas. Con cierta preocupación le dije que obviamente mis acompañantes se encargarían de guardarme el asiento respectivo.
–Bajo su responsabilidad- me dijo, como si fuera algo grave el estar de pie o en la escalera en un film donde, además los niños cuando se aburren, corren.
Encandilado, entré a la sala y parado casi en el telón, comencé a mirar a mis amados, los cuales al instante levantaron sus delicadas manos para indicar mi asiento.
Me acerqué, pidiendo permisos y pisando pies, saludé con besos y suspiros y; al lado de mi asiento reservado, había un señor de apariencia modesta, chaleco cuadrillé, pantalón de cotelé, un tanto calvo y bastante mayor. Acompañaba a una niña pequeña y hermosa como cualquier abuelo “chocho”.
Como tengo aun la costumbre provinciana, heredada de la tierra donde hoy resido, le hice un gesto de saludo amable; y ahí caí en cuanta, con sorpresa que mi acompañante de fila sería: Dn. RICARDO LAGOS ESCOBAR, Presidente de nuestra República.
Con asombro y respeto, le estreché la mano y le dije “Sr. Presidente, ¡un placer saludarlo!” –Igualmente joven, me respondió, con cierta inquietud, al darse cuenta de que era el único que le había reconocido de toda la sala hasta ese entonces. Pues claro, podría haberme parado y dicho: “¡¡Acá está el presidente!!” u “Oiga Don Richy, me gustaría plantearle algunas cosillas, aprovechando la ocasión(…)”. Pero, sentado a su lado, callé y a lo largo de la función, solo intercambiamos una o dos sonrisas provocadas por ese film surrealista.
Al final, el permitirle luego salir oculto bajo su gorra y en sus brazos su presunta nieta, la discreción que tuve en el transcurso de la película, me fue agradecida con un estrechón de manos, una sonrisa y un “gracias” envuelto en su voz grave.
Bien, así como otro amigo hoy no sucumbió ante un carnaval “Lavinista” en la plaza de viña, yo también me escurrí como un ciudadano mas que quiere tener gestos en la voz del silencio, ya que los cambios importantes, como los de la naturaleza, se dan con lentitud, callados, imperceptibles al ruido vertiginoso del hombre moderno. Le hice este sentido homenaje a este "hombre - personaje" que desde un punto de vista intelectual respeto mucho y que un día me hizo pensar que las cosas podían cambiar. (aun sigo esperando ese cambio)
Un abrazo, hasta la próxima.
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